Intuición.

La noche cae impertinente sobre tu cuerpo

tapando con su manto tu tibieza.

La suavidad del sueño se posa en tus ojos

y te rindes ante él yaciendo en mi memoria.

Con la ternura de una madre

cogiendo por primera vez a su hijo

y el largo suspiro de la anciana

reviviendo su juventud

se esboza una sonrisa en mi rostro.

Aún te recuerdo.

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Aqueronte.

Hay un río dividiendo el paisaje.

Hay un río cruzando la calma infinita de este prado.

Hay un río que serpentea por fundirse con el verde.

Hay un río que parece un lago de tan silenciosas sus aguas.

 

No estaré la primera vez que abras tus ojos

ni cuando el verde se pose en ellos

y seas parte de esta imagen.

No me corresponde.

 

No llevaré tus pasos por ningún camino de baldosas amarillas

ni te enseñaré a caminar.

Te espero sentada al final de tu trayecto.

 

Apareceré sólo para llevarte al río

cuando tu paz sea llanto

y la llanura tu pañuelo.

Te llevaré al río para que tu dolor sea mar.

 

Desde el firmamento en que te escribo

sólo velo por tus ojos.

Sólo veo estrellas fugaces a punto de caer por tus mejillas

cruzando el cielo llenitos de culpa y vergüenza.

 

Sólo velo por la esperanza de tus ojos,

por la vida que no compartiremos,

por el cuerpo que nunca alcanzaré

por la historia que nunca se escribió con nuestras manos.

 

Hay un río dividiendo el paisaje.

Hay un infierno entre mi ausencia y tu vera.

Humilde homenaje a Galeano.

Porque sin gente como tú no existirían los bombardeos
y sin gente como yo no existirían los Guernicas.
-Lovin Akson.

Suenan cantos de sirena en tierras de los Nadie.
Indican con sus voces que se marchen,
“¡que te marches, madre!”

Mar adentro, mi capitán,
mar adentro, mi marinero.

Cae una lluvia de cenizas tras los fuegos artificiales,
todo se tiñe de rojo y negro.
Todo se mancha de dolor en la tierra de los Nadie.

Cielo abierto, mi capitán,
no hay fusiles en el aire.

No encuentro la mano que aprieta el gatillo.
Encuentro la mano que lanza la piedra.
“No encuentro la mano de mi hija,
porque no tengo hija,
porque ya no cogerá mi mano”.

Mar adentro mi, capitán,
mar adentro, mi marinero.

Vuelven a sonar llantos de sirena.
No quieren hacer su navío naufragar.
Porque son los Nadie,
porque nada tienen:
tierra, cuerpo, voz, lágrimas, vida.

Mar adentro, mi capitán,
han muerto todos los marineros.

Cenizas.

Te quise con la intensidad del dolor;
con la corteza del tronco de los árboles
raspando mis manos por tus manos.
Con la mirada desnuda
y el cuerpo sincero.
Con la certeza de nuestro fin.

En cada palabra pronunciada por tu boca,
en cada silencio de la mía.

En cada poema que encontraba,
Baudelaire o Lorca,
Mistral o Pizarnik.
Tomé prestadas sus voces
para honrar tu cuerpo.

Te quise cada hora dos veces al día,
con el sol saliente y la noche amenazante.

Te quise nueve meses por semana,
buscando la paz en tu vientre vacío,
como si algo escondiese,
como si el milagro otorgase
entre tus secretos.

Quise todo aquello que irradiabas,
iluminar mi sendero con tu luz,
mi océano con tu calma,
estrellar mis noches,
tener siempre tu voz a mis espaldas.

Te quise a ti, mujer de agua,
con todo el querer que me permite el verso
y la extensión del infinito en mi palabra.

L’enfant terrible.

Mi infancia vivía
en los atardeceres de verano
con la caricia del sol sobre el esparto.

En las manos cansadas sirviendo platos
llenos de orgullo y trabajo.
Arrugas de vejez,
de penurias en el 42,
dolor y alegría.

Vientre marchito,
mirada atenta.

“Niños, se os va a enfriar la cena”.

Mi infancia vivía en el remolino que forman las hojas
los días de levante.
En las gotitas de agua secándose sobre las pieles morenas.
Bicicletas bajo tormentas estivales.
Y chapuzón.

Mi infancia vivía en la paz de las cuatro de la tarde
sobre los ojos cerrados de mi abuelo.
En las risas de sus nietos, el patio, los árboles, los olores.
En también sus llantos, la piedra, el naranjo, el almendro;
jazmín y romero.

Mi infancia murió
cuando nadie regó los naranjos,
ni los almendros,
cuando dejó de recogerse la leña para el invierno,
cuando el brillo en los ojos se extinguió
entre las cenizas decrépitas de la chimenea.

Mi infancia murió cuando la calidez
dejaron de propiciarla las manos cansadas
y sólo pudimos conformarnos con la puestas de sol.

Sepulcro.

En el altar de tus ojos
cavé la tumba de los míos

Llovía.

Y el cementerio se hizo río,
y el río quiso ser un mar de melancolía.
Y de las tumbas
salieron todos los recuerdos.

Entre susurros, emergieron despacio.
Quitaron toda la belleza del paisaje,
se arrastraron, cansados del letargo.

Lloraban.

Y entre tanta tristeza
y entre tantos lamentos
me acariciaron con tus manos
y ya no había crisálidas que quisieran nacer en tu tacto.

En la tumba de mis ojos
alcé el altar de los tuyos.
Lleno de flores.
Decoración muerta
sobre la muerte misma.

Calma.

Tu calma inspira una soledad que me condena,
de nuevo,
a tocarte de puntillas,
a besarte los párpados mientras duermes,
a despedirme de ti
para preparar el adiós
sin que salga de mi boca.

Tu calma quiebra la noche en mis sollozos,
me recuesto en el recuerdo de tu pecho
y dejó que la caricia de la foto de la mesita
sosiegue esta nostalgia prematura.