La honesta secuencia de fotos.

Hay cinco fotos hechas con milésimas de segundo de diferencia entre ellas que muestran desde la mirada de una pareja a escasos centímetros el uno del otro, hasta el momento en que se besan. La quinta o primera foto, según se mire, es de la pareja mirando directamente a la cámara: ella sonríe, él hace una carantoña que le provocaría una sonrisa después. Se diferencia el mar y un cielo azul despejado típico de los fríos días de diciembre. Forman una extraña aunque tierna pareja.

Hoy he mirado esas fotos y he roto a llorar en mitad del autobús sin esperar a la intimidad de mi habitación para hacerlo sin la ridícula vergüenza de un falso público hambriento de sufrimiento ajeno.

He recordado los más de cien poemas que cuidadosamente guardaba con el fin de dedicártelos algún día para demostrarte que toda la indiferencia que a veces he mostrado no era más que miedo. Miedo a la pesadez que nos han enseñado a creer que es mostrar el querer, como si no fuese eso algo básico y elemental de lo que nutrir las relaciones humanas. También he recordado que había un total de 371 poemas que tenía guardados con el fin de no dedicártelos ni sentirlos nunca; hoy ya son 372 dentro del pánico del adiós.

En esta tregua de autoflagelación, paso a pensar en que haber estado a tu lado ha sido todo un privilegio y que te deseo lo mejor, por y pese a todo; que la rabia, el no saber cómo actuar y el odio que profeso nunca son hacia tu persona, siempre son hacia la mía porque en el fondo sé que nunca fui lo suficiente.

En esta tregua de sentimientos primarios, escribo que siempre voy a quererte porque el tiempo sólo me ha dado la razón de la propia existencia para hacerlo, al igual que me la ha dado para darte las gracias porque he aprendido a ser mejor en el refugio que siempre me han sabido dar tus brazos, mi casa, y a dejar de mirarme como un monstruo desde tus ojos, mi hogar.

Ahora, que me siento desprotegida y terriblemente rota, sigo mirando a la pareja de las fotos con la amargura en los labios de los tiempos felices. Parecen otros que nunca llegaremos a ser nosotros.

Desde el dolor, adiós, mi vida.

Anuncios

Intuición.

La noche cae impertinente sobre tu cuerpo

tapando con su manto tu tibieza.

La suavidad del sueño se posa en tus ojos

y te rindes ante él yaciendo en mi memoria.

Con la ternura de una madre

cogiendo por primera vez a su hijo

y el largo suspiro de la anciana

reviviendo su juventud

se esboza una sonrisa en mi rostro.

Aún te recuerdo.

Aqueronte.

Hay un río dividiendo el paisaje.

Hay un río cruzando la calma infinita de este prado.

Hay un río que serpentea por fundirse con el verde.

Hay un río que parece un lago de tan silenciosas sus aguas.

 

No estaré la primera vez que abras tus ojos

ni cuando el verde se pose en ellos

y seas parte de esta imagen.

No me corresponde.

 

No llevaré tus pasos por ningún camino de baldosas amarillas

ni te enseñaré a caminar.

Te espero sentada al final de tu trayecto.

 

Apareceré sólo para llevarte al río

cuando tu paz sea llanto

y la llanura tu pañuelo.

Te llevaré al río para que tu dolor sea mar.

 

Desde el firmamento en que te escribo

sólo velo por tus ojos.

Sólo veo estrellas fugaces a punto de caer por tus mejillas

cruzando el cielo llenitos de culpa y vergüenza.

 

Sólo velo por la esperanza de tus ojos,

por la vida que no compartiremos,

por el cuerpo que nunca alcanzaré

por la historia que nunca se escribió con nuestras manos.

 

Hay un río dividiendo el paisaje.

Hay un infierno entre mi ausencia y tu vera.

Humilde homenaje a Galeano.

Porque sin gente como tú no existirían los bombardeos
y sin gente como yo no existirían los Guernicas.
-Lovin Akson.

Suenan cantos de sirena en tierras de los Nadie.
Indican con sus voces que se marchen,
“¡que te marches, madre!”

Mar adentro, mi capitán,
mar adentro, mi marinero.

Cae una lluvia de cenizas tras los fuegos artificiales,
todo se tiñe de rojo y negro.
Todo se mancha de dolor en la tierra de los Nadie.

Cielo abierto, mi capitán,
no hay fusiles en el aire.

No encuentro la mano que aprieta el gatillo.
Encuentro la mano que lanza la piedra.
“No encuentro la mano de mi hija,
porque no tengo hija,
porque ya no cogerá mi mano”.

Mar adentro mi, capitán,
mar adentro, mi marinero.

Vuelven a sonar llantos de sirena.
No quieren hacer su navío naufragar.
Porque son los Nadie,
porque nada tienen:
tierra, cuerpo, voz, lágrimas, vida.

Mar adentro, mi capitán,
han muerto todos los marineros.

Cenizas.

Te quise con la intensidad del dolor;
con la corteza del tronco de los árboles
raspando mis manos por tus manos.
Con la mirada desnuda
y el cuerpo sincero.
Con la certeza de nuestro fin.

En cada palabra pronunciada por tu boca,
en cada silencio de la mía.

En cada poema que encontraba,
Baudelaire o Lorca,
Mistral o Pizarnik.
Tomé prestadas sus voces
para honrar tu cuerpo.

Te quise cada hora dos veces al día,
con el sol saliente y la noche amenazante.

Te quise nueve meses por semana,
buscando la paz en tu vientre vacío,
como si algo escondiese,
como si el milagro otorgase
entre tus secretos.

Quise todo aquello que irradiabas,
iluminar mi sendero con tu luz,
mi océano con tu calma,
estrellar mis noches,
tener siempre tu voz a mis espaldas.

Te quise a ti, mujer de agua,
con todo el querer que me permite el verso
y la extensión del infinito en mi palabra.

L’enfant terrible.

Mi infancia vivía
en los atardeceres de verano
con la caricia del sol sobre el esparto.

En las manos cansadas sirviendo platos
llenos de orgullo y trabajo.
Arrugas de vejez,
de penurias en el 42,
dolor y alegría.

Vientre marchito,
mirada atenta.

“Niños, se os va a enfriar la cena”.

Mi infancia vivía en el remolino que forman las hojas
los días de levante.
En las gotitas de agua secándose sobre las pieles morenas.
Bicicletas bajo tormentas estivales.
Y chapuzón.

Mi infancia vivía en la paz de las cuatro de la tarde
sobre los ojos cerrados de mi abuelo.
En las risas de sus nietos, el patio, los árboles, los olores.
En también sus llantos, la piedra, el naranjo, el almendro;
jazmín y romero.

Mi infancia murió
cuando nadie regó los naranjos,
ni los almendros,
cuando dejó de recogerse la leña para el invierno,
cuando el brillo en los ojos se extinguió
entre las cenizas decrépitas de la chimenea.

Mi infancia murió cuando la calidez
dejaron de propiciarla las manos cansadas
y sólo pudimos conformarnos con la puestas de sol.

Sepulcro.

En el altar de tus ojos
cavé la tumba de los míos

Llovía.

Y el cementerio se hizo río,
y el río quiso ser un mar de melancolía.
Y de las tumbas
salieron todos los recuerdos.

Entre susurros, emergieron despacio.
Quitaron toda la belleza del paisaje,
se arrastraron, cansados del letargo.

Lloraban.

Y entre tanta tristeza
y entre tantos lamentos
me acariciaron con tus manos
y ya no había crisálidas que quisieran nacer en tu tacto.

En la tumba de mis ojos
alcé el altar de los tuyos.
Lleno de flores.
Decoración muerta
sobre la muerte misma.